Congreso 2016

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El término experiencia (alemán: erfahrung) tiene dos significados fundamentales:

1- la participación personal en situaciones repetibles;

2- el recurso a la repetición de ciertas situaciones como medio para examinar cuáles son las soluciones que permiten.

El elemento común de ambos significados es la repetición de las situaciones y, por lo tanto, debe ser tomado como fundamental para el significado general del término.

El psicoanálisis no es sin la experiencia y el psicoanalista no se constituye sin la experiencia del análisis personal.

Freud plantea que la convicción del Inconciente sólo se alcanza en el análisis, es el producto de una experiencia en que se inscribe aquello encontrado bajo la forma de un saber inconciente. La experiencia implica una singular inscripción de saber ya que hacer una experiencia es encontrar una realidad de la cual se adquiere un saber que marca al propio ser de quien la hizo.

Freud  nos alienta argumentando que la experiencia de vida no debería estar proscrita de la ciencia (1901) y que la convicción sobre los efectos terapéuticos del análisis  sólo se adquiere a través de  la experiencia de la transferencia (1909). Taxativo ha dicho también (…) el psicoanálisis no es hijo de la especulación sino el resultado de la experiencia; y por esa razón, como todo nuevo producto de la ciencia, está inconcluso (1911-3).

A lo largo de toda la obra freudiana la experiencia (Erfahrung) o la vivencia (Erlebnis) aparecen mencionadas y relacionadas a conceptos fundamentales del psicoanálisis como repetición, sexualidad,  transferencia, inconciente, percepción, castración, pensamiento, motilidad, inscripción. Experiencia, repetición, marca, conceptos inseparables, íntimamente relacionados entre sí y fundamentales a la hora de dar cuenta de la constitución del aparato psíquico. Giorgio Agamben en “Infancia e Historia” plantea que en la actualidad al hombre contemporáneo se le ha expropiado su experiencia.

“El hombre moderno vuelve a la noche a su casa extenuado por acontecimientos, divertidos o tediosos, insólitos o comunes, atroces o placenteros, sin que ninguno de ellos se haya convertido en experiencia”. Esta incapacidad para traducirse en experiencia torna insoportable la existencia cotidiana dada la ausencia de acontecimientos significativos en la vida. Agamben describe la “banalidad” de lo cotidiano, respecto a esta conducta social donde, en nombre del progreso y el desarrollo científico tecnológico, se propicia una pérdida de la dimensión subjetiva. Explica la expropiación de la experiencia en la actualidad por una nueva forma de experiencia de la humanidad que es el vacío de lo inexperimentable. Si consideramos que la experiencia implica una inscripción de saber, en estos tiempos de “experiencias “que no se pueden tramitar (drogas, excesos sin control, orgías virtuales, etc.) en tanto no se juega un saber a apropiar, ¿cómo poder pensar el proceso de historización en ausencia de marcas subjetivantes? Cuando no se escribe una historia, ¿qué proceso está en juego? Si la experiencia requiere de un tiempo en el cual transcurrir y repetirse para lograr afianzar el símbolo, ¿cuáles son las características de lo simbólico en la era del instante, del tiempo fugaz, líquido?

En la repetición idéntica de lo mismo o en la búsqueda desesperada de la novedad no se hace experiencia.

Nos preguntamos si la experiencia, podría ser entendida como otra forma de conocimiento, como una habilidad que marca.

¿La experiencia siempre marca? Si no marcara, ¿no habría experiencia?

Nos interesa debatir acerca de la experiencia como marca que puede proporcionar recursos u obstáculos al sujeto, en otros términos, poder diferenciar la experiencia simbolizable de aquella  inasimilable y que deviene inconmovible en la cura psicoanalítica.

Abordaremos la experiencia en la transferencia, los avatares de la experiencia sexual y la experiencia de lo inconciente propia del análisis como experiencias de simbolización y productoras de subjetividad.

Denominamos “los imposibles de la experiencia” a la experiencia traumática, la formación del carácter, la viscosidad libidinal, la reacción terapéutica negativa y los baluartes narcisistas donde se pasan por alto los laberintos de lo simbólico en una cristalización del proceso analítico.

Son manifestaciones clínicas de la compulsión repetitiva que funcionan en el circuito del “Más allá del principio del placer” con la hegemonía de la pulsión de muerte.

Proponemos reflexionar acerca del lugar del analista y sus intervenciones cuando se trata de abordar aquello imposible de hacer experiencia y que produce límites de analizabilidad.

Nos interesa en nuestro próximo Congreso poder dar cuenta del valor de la experiencia de intercambio con otras disciplinas para fomentar el lazo social y enriquecer el campo del conocimiento científico que posibilita el diálogo interdisciplinario.

Con este propósito convocaremos a pensar acerca del lugar de la experiencia para la filosofía, la religión y las neurociencias.

¿Qué es esta experiencia que reconocemos como fundante para el psicoanálisis?

En principio es útil diferenciar experimento de experiencia.

El experimento es buscado y es repetible en las mismas condiciones del laboratorio.

En la experiencia no se busca, se encuentra; la libre asociación en transferencia es una experiencia.

Deseamos que nuestros encuentros científicos de los miércoles se conviertan en experiencia y, en tal sentido, es nuestro proyecto fundamental la apropiación de la experiencia de los psicoanalistas.

 

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